“No es difícil tener éxito. Lo difícil es merecerlo”

. Albert Camus

La Guía Hedonista

Un recorrido en clave muy personal por la Gran Manzana Fernando Gallardo en Nueva York

Periodista, escritor, analista de tendencias en el sector del turismo, Fernando se ha ido a vivir a NYC. Su guía de la Gran Manzana es un tesoro.

Viajero empedernido, Fernando Gallardo se ha estabilizado desde hace cinco años en Nueva York. Como un falso oxímoron, este analista del turismo y crítico de hoteles del diario El País se ha ido a dormir precisamente en la ciudad que nunca duerme. Para eso se inventaron los tapones de silicona, responde inmediatamente al requerimiento. Le encanta estar a la última, por lo que su fe en la tecnología le ha conducido al lugar donde se prueba todo aquello que innova la Costa Oeste. Y reside muy cerca de donde se está construyendo el centro mundial del futurismo y la singularidad de los próximos 50 años, en la isla Roosevelt, un proyecto conducido por su ícono tecnológico Ray Kurzweil, gestionado por la Universidad de Cornell y el Instituto Technion de Haifa (Israel), financiado por Google.

Pero, claro, el deber llama y este escritor y periodista está obligado a viajar desde Nueva York a España varias veces al año para documentar su trabajo y seguir añadiendo hitos a los más de 26.000 hoteles visitados en todo el mundo desde hace 40 años. En el avión, en tren o en cualquier habitación solitaria de hotel saca tiempo para leer a Scott Fitzgerald, Alice Munro y Muñoz Molina, entre otros, y releer asiduamente a James Joyce. No se le escapa una nota de La Flauta Mágica, ni las poesías de Bob Dylan, los estribillos al revés de John Lennon, los punteos atmosféricos de Pink Floyd, ni la triada sinfónica setentera de Yes-Genesis-King Crimson. Sabe que Robert Fripp da esporádicamente clases de guitarra en Brooklyn, aunque por nostalgia no olvida los rasgueos de Triana, la voz de Camarón o los conciertos de Andrés Segovia a los que asistió en su día.

Reparte sus introspecciones para escribir entre una casita de madera en los bosques de Massachusetts y su experimental La Ruina Habitada, en el norte de Palencia, Spain.

10 (o muchas más) pistas en Nueva York

1.- Dónde dormir
En el Meatpacking, que es hoy el distrito de moda en la ciudad, los hermanos Micha (Moisés, Rafael y Jaime) y Carlos Couturier, diseñaron desde México el hotel Americano. Casual, secreto y simple como no se había visto antes. Algunas de sus habitaciones son puras cajas de madera introducidas en un espacio destartalado, en obras. En el centro del turisteo neoyorquino no podemos renunciar al RoomMate Grace, que me acogió los meses previos a mi desembarco en la ciudad. Es, probablemente, el hotel más personal, más festivo, de Kike Sarasola, todo un personaje en los ambientes más neoyorquinos de Nueva York.

2.- Una excursión recomendable por los alrededores
No voy a recomendar los Hamptons del Gran Gatsby porque allí vive mucha tontería, y cualquier chabola se cotiza a más de 100 millones de dólares. A veces alquilamos un coche y seguimos la autovía Interstate 87 hasta las montañas Catskill, unos bosquedales impresionantes con pistas de esquí y todo. En otoño es preceptivo enfilar la Interstate 90 desgranando los pueblecitos con encanto de Beacon, Poughkeepsie y Hudson y cayendo sobre las residencias del siglo XIX, que es casi lo más histórico que conserva el estado de Nueva York. Una de ellas es la victoriana Olana, creada por el pintor Frederic E. Church, que depara unas excepcionales vistas sobre el río Hudson.

3.- Un paseo dentro de la ciudad
Hay mil maneras de dejarse conquistar por Manhattan. Los rascacielos del Empire State, el Flatiron, el Chrysler, el One World Trade Center, el Park 432 y, sobre todo, el Seagram de Mies van der Rohe. Cómo no, las pantallas gigantes de Times Square. El poderío de Wall Street. La apacible navegación por el Hudson o el East River. Todo el mundo ha visto mil imágenes de esto. Pero la manera quizá más curiosa de visitar la Big Apple es mediante una selección de películas inolvidables, descubriendo cada rincón de Nueva York como un déja vu, una imagen repetida desde la época de Fritz Lang hasta la de Woody Allen. Para oxigenarse los domingos, el consuetudinario Central Park. Y para diario, el parque adyacente a mi casa, el Carl Schultz Park, ribereño al East River. Por debajo del parque discurre la autovía de circunvalación FDR Drive, lo que no deja de ser un guiño verde propio de Nueva York.

4.- El aperitivo
Paso mucho de hacer cola en los sitios de moda. Así que me he resistido a comerme los cronuts de Dominique Ansel. Tampoco quiero pagar los precios del The Bowery House, bajo el puente de Brooklyn. Romántico es el Tartinery, fundado por tres amigos franceses, que acaban de abrir una sucursal en los bajos del hotel Plaza. Claro que debo hacer una confesión bochornosa: mis aperitivos de media tarde es un cinnamon roll y un cappuccino con skim milk (leche desnatada) en cualquiera de los Starbucks que encuentro en mi camino. Y, sí, me voy con ellos en la mano por toda la ciudad. Una mala costumbre de quien otrora fue gourmet y hoy se ha convertido en un Newyorker desvalido y desarraigado.

5- De compras
Ya conoce todo el mundo los outlets urbanos de Century 21, que funcionan con un 65% de descuento gran parte del año. Para pasar el día, lo mejor es tomar el tren a New Jersey y gastar suela en Jersey Gardens, donde uno puede renovar el vestuario a precios increíbles. Lo más entretenido para amantes de la fotografía, el video y la tecnología en general es B&H, cerca del Madison Square Garden. Ahí los artículos transitan en cintas mecánicas por los techos, casi robotizados. Quien busca apretujones se introduce en esa boca del lobo que es el cubo de cristal plantado en la Quinta Avenida, frente al hotel Plaza. Es la tienda Apple más grande del mundo. Un poco más allá, por fisgar y hacerse fotos en la fachada, merece echar un vistazo en traje de gala a Tiffany & Co. Sí, la tienda favorita de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes. En Eataly, en la confluencia de Broadway y la Quinta, se pueden comprar todos los delicatessen inimaginables de la cocina italiana. Claro que nadie debería marcharse de la ciudad sin visitar el Yankee Stadium, en el Bronx, donde se venden las famosas gorras azules NY por unos 35 dólares.

6.- Comer
Una ciudad donde los residentes comen andando por la calle no puede ser nunca una ciudad gastronómica. Lo más seguro aquí son las hamburguesas. Las ofrecen en todas partes, desde el clásico JG Melon del Upper East Side hasta el Black Iron Burger del East Village. Por cierto, éste último se ha convertido en la nueva meca de la carne molida y sus propietarios son tres sevillanos de Sevilla y olé. A llenazo diario cabe describir el funcionamiento de Katz’s, el altar del pastrami popularizado por el largometraje When Harry met Sally y aquella serie de televisión Sex and the City. Sin desmerecer su carisma, ni el encanto cosmopolita de esta sala, la mejor carne se compra, cocina y come (3 en 1) en Dickson’s, localizado en los banquillos del Chelsea Market. No quiero dejar de criticar aquí la sobrevaloración que tienen algunos restaurantes de vanguardia, como el Per Se o el Eleven Madison Park, que no merecen los 300 dólares que se paga por silla. Ni tampoco los clásicos Le Bernardin o La Grenouille, de cuando París era la capital gastronómica del mundo.

7.- Un buen plan
La temporada de ópera en el Lincoln Center es siempre un must mundial, al igual que los conciertos sinfónicos y el ballet de esta venerable institución neoyorquina, presidida por cuadros soberanos de Marc Chagall. Pero yo prefiero las actividades musicales y los programas de entrevistas o presentaciones que tienen lugar todos los días cerca de mi casa, concretamente en el 92Y, verdadera referencia cultural off de la ciudad, junto al BAM de Brooklyn. Muy cerca, la Neue Galerie exhibe el impresionante Retrato de Adele Bloch-Bauer, de Gustav Klimt, si se tiene la paciencia de aguantar las kilométricas colas de verano o de los días de lluvia. Para escuchar jazz, cada vez frecuento menos los tradicionales Blue Note y Village Vanguard, pese al cartelón que ofrecen siempre estos antros turísticos. Prefiero sumergir a mis amigos españoles en la experiencia del Mezzrow, donde a veces toca la guitarra y el bajo Kyle Eastwood, el hijo de Clint Eastwood. Y para eventos deportivos, nada como pagar 200 dólares por ver un partido de los Knicks en el Madison Square Garden. Ok, lo hacen todos, pero es mundial. El football americano tiene una estética metálica única para ser vista por televisión. Mejor que introducirse en el estadio de los Giants es verlos en pantalla gigante cualquier domingo de invierno en cualquier pub.

8.- La puesta de sol
Cientos de turistas se apuestan a diario bajo el puente de Brooklyn para tomar la consabida foto del skyline de Manhattan. Pero cualquier calle transversal de la Big Apple ofrece fotones del astro rey desapareciendo tras sus rascacielos de hormigón y vidrio estructural. Especialmente peliculeras son las tomas desde la calle 42, donde los cines y las tiendas de moda han acabado sustituyendo a los garitos de mala vida. Se puede organizar un photoshoot en medio de la calle, siempre que se recuerde que cuando el semáforo se pone en rojo para los peatones el límite a apurar son seis segundos más allá de la cuenta atrás.

9.- De copas
Sarah Jessica Parker puso otra vez de moda el cóctel Cosmopolitan, inventado en el restaurante Odeon, en pleno Tribeca. “Hay que empezar a divertirse antes de que el alcohol llegue a la sangre”, dijo de la coctelería la actriz Chloë Sevigny, cuyo hermano regenta el club más cutting-edge de la ciudad, el Paul’s Baby Grand. Será por la influencia de Wall Street o porque la mitad de los Lamborghinis que circulan en Manhattan son de alquiler por un día, pero a las fiestas nocturnas hay que ir de esmoquin. O casi. A los neoyorquinos les gusta vestirse de domingo para salir a cenar (invariablemente, mal). Y de copas, ni te cuento. Claro que los jóvenes tienen hoy su espacio propio más distendido y vital en Williamsburg.

10.- Una dirección (muy) secreta
Emack & Bolio’s, los mejores helados de Nueva York, creado por un hippie en los años sesenta cuando se aburría con sus amigos porque los clubes de Boston no alcanzaban a seguir abiertos al término de los conciertos a los que asistían. Está en Yorkville, y a veces no se puede entrar de la cola que hay. Yo los encargo por teléfono por ser conocido del barrio. Y con cada compra me estampan un sello en el cartón, con lo que me fidelizan sin remedio. Mejor dicho, ¡me han convertido en un yonkie del Chocolate Adiction!

Nota: el texto es íntegramente obra de Fernando Gallardo. Gabriela Domingo se ha limitado a editar. ¡Gracias Fernando por hacerme la vida tan fácil!

5 respuestas a Fernando Gallardo en Nueva York

  1. Maribel Vives dijo:

    Gabriela, gracias por este post con una guía más. Una maravilla utilísima que voy a usar y recomendar.

  2. António Araújo Carrilho dijo:

    Gabriela, muchas gracias por este útil post. Que bueno tener amigos tan viajeros. Sin duda lo voy a recomendar.

    • GABRIELA DOMINGO SERRANO dijo:

      Obrigada, António! y la de rincones bonitos que nos quedan por descubrir…en Portugal!

  3. António Araújo Carrilho dijo:

    Que bueno tener amigos tan viajeros. De recomendar, ¡sin duda!

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