“Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo”

. Julio Cortázar

Estreno

Nuevo thriller cotidiano del iraní Asghar Farhadi‘El viajante’, trayectos de ira y perdón

Asghar Farhadi vuelve a sumergirnos en la privacidad de una pareja en crisis para convertir el conflicto en dilema y el drama en thriller.

Con su flamante Oscar a la mejor película de habla no inglesa bajo el brazo, y otras tantas menciones de festivales a este lado del charco (entre ellos la pasada edición de Cannes, donde se alzó con el premio al mejor actor y mejor guion), llega a las carteleras españolas El viajante (Forushande, 2016), la última película de Asghar Farhadi. Una obra en la que el iraní, autor hasta la fecha de, cuanto menos, tres obras magníficas –A propósito de Elly (2009), Nader y Simin, una separación (2011) y El pasado (2013)-, vuelve a sumergirnos en la privacidad de una pareja para convertir el conflicto en dilema y el drama en thriller.

La obra comienza con un quiebro, en sí potente metáfora de todo el cine del director. A medias de una noche plomiza, un grito rompe el silencio del sueño, despertando a la pareja protagonista. Una excavadora que perfora suelo vecino ha fracturado los cimientos del edificio en el que viven, obligando a los vecinos a abandonar el complejo entre gestos de pánico, mientras las grietas se comen lentamente las paredes de sus casas. El injusto e injustificado golpe al hogar, como en todo el cine de Farhadi, viene de fuera, en este caso del desafortunado yerro de unos operarios. Pero las heridas que abre llegan bien dentro, y en lugar de cicatrizarse inician una reacción en cadena donde cada grieta abre una nueva grieta, amenazando con el colapso total. Colapso que en el caso del edificio implica el desmoronamiento de sus muros, sobre cuyas ruinas se tendrá que volver a empezar. Pero en el caso de sus protagonistas implica la voladura de unos lazos de complicidad, confianza y respeto que, por más que se intente, siempre resultan imposibles de reformar.

En cualquier caso, no será el desalojo forzado lo que se interponga entre Rana (Taraneh Alidoosti) y Emad (Shahab Hosseini), el joven matrimonio a cuyo drama asistimos a lo largo de la película. Drama por partida doble, porque la pareja participa en una producción teatral de Muerte de un viajante, cuyos pasajes representan ante nosotros de tanto en tanto, poniendo voz persa a esa lúcida tragedia moderna sobre la crisis de la masculinidad ideada por el oscuro Arthur Miller. Y porque poco después de mudarse a un nuevo piso, ofrendado por un compañero de tablas (Babak Karimi), Rana será atacada en la ducha por un visitante que buscaba a la antigua inquilina del lugar, que se dedicaba a la prostitución. Ataque que se salda con un baño ensangrentado, una mujer doblemente traumada y un marido atrapado entre la sombra de una duda y una furia que, a pesar de intentar contener, se desvela de proporciones titánicas.

Pero no estamos ante una película de venganza, no se asusten. Lo que Farhadi explorará en adelante no será tanto el trayecto de una reparación, por el camino de la vendetta, como el abismo de una fisura que, por más que intente maquillarse ante su público, se abre progresivamente entre los protagonistas. Porque a medida que la agredida lucha por pasar página, intentando olvidar el pasado, el agraviado se muestra incapaz de mirar atrás sin ira, castigado por una creciente sensación de impotencia, culpabilidad y humillación que le llevarán a buscar obstinadamente a alguien que ella no desea encontrar. Esbozando el director una interesante reflexión, en forma de tensa trama, sobre las dificultad de gestionar esa herida múltiple -física, psíquica, social, romántica, temporal- que amenaza con partir las partes implicadas.

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